Entre la cooperación internacional y el temor por la privatización espacial, la misión avanza y este lunes verá el disco completo de la Luna. Habrá 40 minutos de silencio, mientras la nave cruza hacia el lado que nunca vemos. Desde la cápsula Orión, nombrada “Integrity”, cuatro astronautas son ya, los seres humanos que más lejos han estado de la Tierra.

Por: Ana Cristina Olvera Peláez.

“No hay nada que te prepare para el aspecto sobrecogededor de ver a tu planeta natal iluminado como un día brillante…” Esas fueron las palabras de Christina Koch desde dentro de la cápsula Orion, ya en órbita alrededor de la Tierra, el día después del lanzamiento.

Las escuché en mis audífonos a unas horas de atestiguar desde el Centro Espacial Kennedy, cómo el cohete desaparecía en el cielo de Florida. En el video de la entrevista, difundido por la NASA, se observa a los cuatro tripulantes de la misión sonrientes y flotantes —el pelo de Christina en dirección opuesta a la lógica gravitacional—, mientras comparten sus primeras impresiones desde el espacio.

Lo dicho por la astronauta resonó con lo que pienso cuando intento describir lo que fue estar ahí y mirar el despegue con mis propios ojos: no hay nada que te prepare.

El sitio de prensa del Centro Espacial Kennedy es un cuadrilátero de concreto —e  historia— que se extiende a unos cinco kilómetros del pad de lanzamiento. Desde esa distancia, el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial) parecía un modelo a escala; una maqueta blanca y naranja erguida contra el horizonte al atardecer. 

Cada lanzamiento tripulado estadounidense, desde la misión Apollo 4 en 1967, ha sido cubierto por periodistas que logran acreditarse, desde este mismo punto. La alfombra de esa historia —aunque  invisible—, se siente bajo los pies.

Un empleado de la NASA con quien conversé ese día, veterano de décadas en el centro, me dijo algo que me sorprendió más que muchas declaraciones oficiales: hacía años que no veía una concurrencia de prensa comparable a la de los tiempos del programa del Transbordador Espacial, que se lanzó en 1981 y por  tres décadas cumplió programas de experimentación científica y tecnológica , así como la construcción de la Estación Espacial Internacional.

Cada lanzamiento tripulado estadounidense, desde la misión Apollo 4 en 1967, ha sido cubierto por periodistas que logran acreditarse, desde este mismo punto. La alfombra de esa historia —aunque  invisible—, se siente bajo los pies.

Un empleado de la NASA con quien conversé ese día, veterano de décadas en el centro, me dijo algo que me sorprendió más que muchas declaraciones oficiales: hacía años que no veía una concurrencia de prensa comparable a la de los tiempos del programa del Transbordador Espacial, que se lanzó en 1981 y por  tres décadas cumplió programas de experimentación científica y tecnológica , así como la construcción de la Estación Espacial Internacional.

Un eclipse solar desde el espacio

Este lunes 6 de abril, la cápsula “Integrity” pasará a cerca de 6 mil 500 kilómetros de la superficie lunar, lo suficiente para ver el disco completo de la Luna de una vez, polos incluidos, con una geometría que el cerebro humano no reconoce porque ninguno la había registrado desde tan cerca en más de medio siglo. 

Habrá cuarenta minutos de silencio en las comunicaciones, mientras cruzan hacia el lado de la Luna que nunca vemos: ninguna señal, ninguna voz. Los controladores en Houston sólo podrán esperar a que la física haga lo suyo y los devuelva al otro lado. Y entonces, verán en tiempo real cómo cuatro astronautas se convierten en los seres humanos que más lejos de la Tierra han llegado jamás: estarán más de 400 mil kilómetros lejos de su casa. 

Y al final de esa tarde, el Sol pasará por detrás de la Luna y los cuatro astronautas verán un eclipse solar desde el espacio. Empacaron sus lentes especiales para poder verlo.

Cooperación, el motor del futuro

El día del lanzamiento, en el cuadrilátero de prensa del Centro Espacial Kennedy, había periodistas procedentes de todos los rincones del mundo; escuché inglés, español, portugués, japonés, alemán, francés… Y vi  equipos de televisión con logos de cadenas que reconocí y otros que no. Según pude constatar, yo era la única enviada desde México para cubrir el despegue.

Entre la multitud de personas invitadas, había astronautas europeos y quizá hasta los siguientes en pisar la superficie lunar en futuras misiones. También estaba la cúpula de la Agencia Espacial Europea, cuyo director general Josef Aschbacher, resumió una emoción compartida sobre la importancia de la suma de esfuerzos entre naciones para lograr metas conjuntas.

“Artemis II construye sobre el éxito deArtemis I y confirma el papel esencial de Europa en el regreso de la humanidad a la Luna. Juntos estamos demostrando que la cooperación sigue siendo nuestro motor más poderoso para el futuro”, afirmó. Lo dijo sin astronautas de su continente a bordo de la nave, pero con el módulo de servicio europeo, que es el corazón de la Orion —el sistema que la propulsa, la alimenta y la mantiene viva—, viajando hacia la Luna.

El futuro no se detiene

Los minutos en el reloj del sitio de prensa transcurrían implacables. Voltearlo a ver era constatar que la historia no espera, no negocia y no da tregua para poder asimilar lo que está a punto de ocurrir. El lanzamiento estaba programado para las 6:24 de la tarde del miércoles 1 de abril de 2026.  

A esa hora exacta el equipo de control dio el visto bueno, disparando el cohete SLS en el primer intento, casi al inicio de la ventana de dos horas. Quienes cubren lanzamientos con frecuencia, lo saben: fue una jornada sorprendentemente fluida.

Antes de eso hubo tensión. Un problema con la temperatura de una batería del sistema de aborto de lanzamiento se reportó apareció en los últimos minutos de la cuenta regresiva, lo que requirió diagnóstico mientras el mundo observaba. Se resolvió. Y el reloj siguió.

A las 6:35 de la tarde, el cohete SLS se elevó desde el mítico complejo de lanzamiento 39B del Centro Espacial Kennedy. Los cuatro astronautas, —los primeros humanos que la NASA enviaba hacia la Luna desde el Apollo 17 en 1972, hace más de 54 años—, comenzaban su viaje. 

Los dos cohetes de combustible sólido se separaron dos minutos después del despegue, cuando el cohete estaba a 47 kilómetros de altura. Los cuatro motores principales del núcleo central llevaron al SLS durante seis minutos más hasta separarse también. Menos de diez minutos después del encendido de los primeros motores, Artemis II estaba en órbita.

Antes de escuchar el sonido, vimos el fuego. Ese desfase de varios segundos entre la luz y el estruendo es una de las cosas más extrañas y hermosas de estar presente en un lanzamiento: algo ocurre en silencio, como si el universo ante una hazaña tan grande, casi imposible, se tomara un momento para registrarlo antes de dejarte oírlo.

De camino a la Luna

Al día siguiente del lanzamiento, me encontraba aún en el sitio de prensa, cuando la NASA anunció que la tripulación había completado con éxito el quemado de inyección translunar: cuatro astronautas acababan de superar la órbita terrestre. 

“Damas y caballeros, me siento tan, tan emocionada de poder decirles que por primera vez desde 1972 durante el Apollo 17, los seres humanos han abandonado la órbita de la Tierra”, anunció Lori Glaze, otra mujer en un puesto de liderazgo de esta histórica misión de la NASA.

El comandante Reid Wiseman describió desde el espacio, el momento en que la nave fue reorientada y el Sol se ponía detrás de la Tierra. “No sé qué esperábamos ver en ese momento, pero se podía ver el globo entero, de polo a polo. Se podía ver África, Europa, y si mirabas muy de cerca, podías ver las auroras boreales. Fue el momento más espectacular y nos detuvo a los cuatro en seco”, dijo.

Victor Glover, el primer afroamericano en viajar hacia la Luna, lo sintetizó así desde la cápsula: “Créannos, se ven increíbles, se ven hermosos. Y desde aquí también se ven como una sola cosa: homo sapiens somos todos nosotros, sin importar de dónde vengas o cómo te veas. Somos una sola persona”.

Y Koch, la primera mujer en una misión a la Luna, —quien encontró tiempo para reparar el sistema de tratamiento de residuos de la nave, o  el baño lunar, dijo algo que —en la línea de su propia presencia en esta misión— sigue rompiendo estereotipos: “me enorgullece llamarme la plomera del espacio”. Lo mencionó con el humor de quien sabe que ningún hito es glamuroso en todos sus detalles. 

La astronauta, que desde niña soñó con este momento, resumió con claridad lo que significa salir de la atmósfera, con la experiencia previa de haber pasado 328 días en la Estación Espacial y ante la oportunidad ahora de ir más lejos.

“No hay nada que te prepare para el aspecto sobrecogededor de ver tu planeta natal iluminado como un día brillante y también con el resplandor de la Luna en la noche, con el hermoso haz del atardecer. Y saber que vamos a tener vistas similares de la Luna, simplemente estoy muy emocionada”, dijo.

Fuente:Animal Político